Todos le llamaban "el malafollá" del instituto, pero contestaba a cada una de mis sonrisas con una más grande aún, proporcional a su tamaño. Hasta se ponía colorado si alguna vez señalaba algún cambio en su uniforme, como cuando le dije lo bien que le quedaba la boina.
Al despedirme esta vez no lloré, me fui cargada de amor hasta las cejas. Sintiendo que entre cientos de profesores y miles de alumnos, me iban a echar de menos. Y yo a ellos, leñe.
Lo peor fue despedirme de Justo, tan grande, barbudo y duro... Detrás de la ventanilla, ni me acerqué a darle un abrazo por temor a derrumbarme. Me dijo "¿Por qué llevas ese collar de bulldog, si tú eres todo lo contrario, todo dulzura? Y le conté mi secreto, mientras una compañera le dijo que no me hiciera llorar, a lo que contestó con los ojos vidriosos, "Si es que yo estoy igual"... Tan grande y tan barbudo. Tan gruñón. ¿Será Santa?
Salí corriendo en busca de Merche y de un dragón que me sacara de allí antes del desastre...
No hay comentarios:
Publicar un comentario